The Disaster Artist: ¿Quiénes somos realmente?

Sevilla, 13 de enero de 2018. Como dice el refrán, unos nacen estrella y otros nacen estrellados. La película "The Room", estrenada en 2003, aspiraba a convertir a Tommy Wiseau (director, productor y actor protagonista) en una estrella de Hollywood, pero el resultado no fue el esperado. Sus nulos conocimientos cinematográficos dieron luz a la denominada "mejor peor película jamás creada", una cinta inconscientemente desternillante que se ha ganado el estatus de película de culto con el paso de los años. Pero lo más interesante es la historia que la rodea. Hasta tal punto, que James Franco la ha llevado a la gran pantalla, interpretando a su misterioso protagonista, Tommy Wiseau, en "The Disaster Artist", ganadora de un globo de oro y en mi opinión una de las películas más divertidas que Hollywood ha producido en mucho tiempo.



¿Quién no ha soñado alguna vez con ser alguien importante en la vida? Ser ricos, famosos y aparecer en los libros de historia es un sueño compartido por muchos. Ese era el caso de Greg Sestero y Tommy Wiseau, dos aspirantes a actor que vivían en San Francisco en la segunda mitad de los años 90. Greg era tímido y se vio impresionado por el desparpajo de Tommy Wiseau en unas clases de actuación: Tommy actuaba terriblemente mal, pero no le importaban lo más mínimo las críticas, por lo que Greg le pidió ayuda para erradicar su timidez a la hora de actuar y ahí comenzó una amistad que les llevaría muy lejos, aunque de un modo diferente al que habían soñado.

Tommy era alguien muy inusual: tenía un claro acento de Europa del este, aunque afirmaba venir de New Orleans, Louisiana, cosa que nadie se creía. Afirmaba encontrarse en la veintena, llevando casi siempre gafas de sol y cadenas en los pantalones vaqueros (algo común a finales de los años 90), a pesar de que su aspecto mostraba a alguien que encontraba entre los 40 y 50 años. Y, por último, no trabajaba, lo cual no le impedía conducir un Mercedes y tener casas en propiedad en San Francisco y en Los Ángeles. Hasta hoy, todavía nadie sabe el origen de Tommy, qué edad tiene ni de dónde proviene su fortuna.

Una vez en Los Ángeles ninguno conseguía trabajo, por lo que en un arrebato decidieron realizar su propia película, buscando cumplir el sueño que Hollywood les negaba. Tommy escribió el guión, financió, produjo y dirigió "The Room", un drama independiente que relataba la historia de Johnny, un banquero que dedicaba su vida a ayudar a los demás pero que a cambio sólo recibía traición. En el fondo, y probablemente de manera inconsciente, Tommy Wiseau estaba contando en "The Room" su propia historia (tal y como James Franco refleja en "The Disaster Artist"), pues aunque en apariencia lo tenía todo para ser un héroe, sólo recibía la incomprensión de los demás.

Bajando los pies a la tierra

Puesto que Tommy no tenía la más mínima experiencia haciendo cine (muchos afirmaban, en tono irónico, que ni si quiera había visto una película en su vida), el resultado fue atroz. Problemas de guión, personajes que aparecen y desaparecen sin ninguna explicación, problemas de continuidad entre tomas, frases absurdas, escenas de sexo que dan grima… lo que pretendía ser un drama lacrimógeno sobre la historia del fracaso de un héroe, se convirtió, sin pretenderlo, en una gran comedia.

Así lo han tomado los fans que la película ha ido generando desde que fue estrenada, principalmente gracias al boca a boca en internet. Como resultado de esto, cada año hay decenas y decenas de visionados de "The Room" en cines de todo el mundo, principalmente en EEUU y en el Reino Unido, donde los seguidores pueden repetir cada frase del personaje de Johnny, se disfrazan de él, tiran cucharas de plástico cada vez que aparecen enmarcadas en cuadros (al comprar marcos de fotos para el decorado alguien olvidó sustituir las imágenes de fábrica -cucharas- por fotos de personas), o llevan balones de fútbol americano rememorando alguna de las escenas más conocidas.

El caso es que tras ver The Room, uno se percata de que no está ante una película cualquiera. Es mala, y mucho, pero es una película que a pesar de ello tiene algo especial, algo que te hace querer más. Y el conocer la historia que hay detrás, relatada en "The Disaster Artist", me ha generado un sentimiento de cariño y empatía hacia ella. La historia es tan peculiar e increíble, que al salir del cine uno no tiene más remedio que admitir que a veces la realidad realmente supera la ficción.

Hollywood, tan lejos y tan cerca

Ante el auge de la película, que conseguía que cada visionado en los cines fuese un evento especial para los fans, Greg Sestero decidió escribir un libro llamado "The Disaster Artist" (en el cual se basa el filme de James Franco) contando la historia de su amistad con Tommy, qué ocurrió durante el desastroso proceso de grabación y cómo el sueño de pertenecer al selecto grupo de famosos de Hollywood parecía haberse quedado muy por encima de sus posibilidades.

Pero Hollywood llegó. Y llegó de la mano de James Franco, quien interpreta a Tommy Wiseau de una manera magistral, imitando hasta los más mínimos detalles de su forma de hablar, moverse y, en definitiva, de ser (lo cual seguramente se pierde en la versión doblada al castellano, en mi caso he visto y recomiendo la VO).

"The Disaster Artist" muestra a un Tommy que no sabía dirigir, cuyas decisiones eran caprichosas, y que acabó contratando a unos actores espantosos (aunque tampoco podían hacer mucho más con el guión que tenían). En definitiva, nadie sabía muy bien qué tipo de película iba a salir de ahí. Y a pesar de todo, la historia no es contada con pena ni condescendencia, sino con ese tipo de humor que a la vez te hace reír y sentirte incómodo. Creo que esto se ha conseguido porque "The Disaster Artist" no solamente cuenta cómo se hizo "The Room", sino que también relata una gran historia sobre la amistad, en este caso entre Tommy Wiseau y Greg Sestero.

¿Quiénes somos realmente?

Aunque historias como estas nos parezcan extravagantes, lo cierto es que consiguen poner sobre la mesa una realidad que todos compartimos. Creo que pocos se salvan de querer proyectar una imagen de sí mismos que no se corresponde con la realidad, como hacía Tommy Wiseau pretendiendo haber nacido en New Orleans y estar en la veintena, generando un misterio alrededor de su figura que empapa toda la historia.

Esto es especialmente cierto en la época de las redes sociales, en la que muchos se empeñan proyectar una imagen de ellos mismos cuyo parecido con la realidad es pura coincidencia. Hemos llegado hasta tal punto que hasta los enfermos terminales deben mostrar una imagen positiva con el fin de que veamos lo luchadores que son. En esta época, parece que ni si quiera se respetan la muerte y el dolor. La realidad del ser humano queda acallada en estos casos: queremos ser lo que reflejamos.

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de ver el documental "Jim & Andy", que muestra el Making-of de la película "Man on the Moon", estrenada en 1999, en la que Jim Carrey interpretaba al fallecido cómico Andy Kaufman. Cuenta el mismo Carrey, cuyas palabras navegan entre la sabiduría y la locura, que mientras rodaba la película estaba extremadamente preocupado en ser gustado por los demás aun siendo en el momento el actor más exitoso de Hollywood, y que eso forma parte de su personalidad. Y haciendo referencia a su forma de ser, en una entrevista al diario El Mundo afirmaba hace tan sólo unos meses "he sido un personaje que me ha interpretado".

¿Cuántos no hacemos eso? ¿Cuántos no nos convertimos en personajes que sólo reflejan lo que queremos que los demás vean en nosotros? Quizá desde esa perspectiva veamos más cercano el caso de Tommy Wiseau, al mentir sobre su persona para convertirse en ese héroe americano que sólo se encuentra en las películas. Al final, sobre él nos quedan más preguntas que respuestas. De nosotros, igualmente, quedan más preguntas que respuestas.

Entonces, ¿quiénes somos nosotros? Personalmente, llevo toda mi vida preguntándome quién soy yo mismo, rememorando mi historia, la de mi familia y la de las personas que me rodean para intentar sacar algo en claro. ¿Me define mi cultura, mi idioma, o quizá mis habilidades? ¿Mi naturaleza humana, si es que ésta se puede definir de algún modo? ¿Mis aciertos o quizá mis errores? ¿Soy yo el mismo siempre, cambio con el tiempo, o ambas cosas son ciertas? ¿Soy quien creo ser, la persona que intento reflejar a los demás, o mi propia identidad está velada por mi subjetividad? ¿Soy esa persona feliz en los buenos momentos, o esa persona miserable en los momentos más bajos?

Hace unos meses, en una entrevista en "El País", la escritora Almudena Grandes decía que del Antiguo Testamento provienen, de una forma u otra, todos los libros. Yo así lo creo: en mi opinión no hay historia que no pueda encontrarse en la Biblia (incluyo el Nuevo Testamento). No es un libro que nosotros leamos, sino que nos lee a nosotros mismos, como muchos han afirmado a lo largo de los años. Encontramos en él varios ejemplos de personas que querían reflejar lo que no eran. Quizá Abraham, quien para salvar el pellejo ante Abimélec, decía que su mujer era en realidad su hermana, de modo que éste no le hiciese nada para intentar tomarla como esposa. O quizá Pedro, negando tres veces que conocía a Jesús, intentando igualmente salvar el pellejo ante un enfurecido pueblo judío. Pero en todas estas historias el final es el mismo, el de un Dios que limpia nuestros errores y nos acepta sin necesidad de que llevemos máscara alguna.


Miguel Palomo
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