La astuta política de Jim Jones

Madrid, 12 de Febrero de 2019. El hambre de poder que tenía Jim Jones le llevó a una inteligente política de adulación a las autoridades, por la que presentaba al Templo del Pueblo como una causa humanitaria independiente de cualquier partido. Si los cristianos hoy son conocidos por su agenda partidista de queja continua por una y otra cosa, Jones los felicitaba a todos, a pesar de tener una orientación política tan definida. La astucia y sutileza de este dirigente sectario contrasta con la torpeza que la mayoría de los evangélicos siguen mostrando frente al poder establecido.

El Templo del Pueblo sabía cómo cortejar a los políticos y funcionarios públicos. No sólo escribían cartas alabándolos según su tendencia, sino que adjuntaban pequeños obsequios como dulces. Su correspondencia incluía agradecimientos de figuras tan lejanas a Jim Jones, como el entonces gobernador de California, el conservador Ronald Reagan, o el anticomunista jefe del FBI, Edgar Hoover. Hacían donaciones a familias de policías asesinados en San Francisco, o mostraban su simpatía y buenos deseos a los vecinos con pasteles o comidas, por defunciones, salidas del hospital, crisis y éxitos personales. No faltaban los detalles para ganar a la gente.

Cuesta entender hoy cómo alguien que es calificado por la sociedad americana como comunista, tuviera tan buenas relaciones con el partido republicano. No sólo su principal colaborador, el ayudante del fiscal Tim Stoen, era un destacado miembro del partido, sino que una popular maestra de escuela del Templo, Jean Brown, estaba en el Comité Central Republicano. Miembros de la iglesia hacían prestaciones voluntarias al partido. Y en sus conversaciones telefónicas con Marge Boynton, directora del Comité Central Republicano, Jones le dijo que apoyaba la candidatura de Nixon a la presidencia… ¿Cómo es esto posible?

CONOCE A TU ENEMIGO

Mucha gente no entiende que el apoyo político no viene de lo moderado de tu agenda, ya que en el caso de Jim Jones no podía ser más radical, sino de la complicidad que uno tiene con sus enemigos. No hace falta ir a casos contemporáneos como el del fallecido pastor fundamentalista y dirigente unionista de Irlanda del Norte Ian Paisley, que acabó gobernando la provincia con el antiguo terrorista republicano Martin McGuinness, sino que se ve ya en casos tan extraños como la extraña relación del supuestamente comunista Jim Jones con el juez que presidía la importante organización ultraconservadora anticomunista Sociedad John Birch, Walter Heady. Ambos tuvieron tal complicidad que Heady visitaba a Jones y el pastor del Templo del Pueblo publicó un artículo en el periódico de la iglesia elogiando a Heady. Hasta le invitó a presentar y proyectar películas de la Sociedad Birch en los locales de la iglesia en Redwood Valley y San Francisco. Supongo que para “conocer a tu enemigo”.

El sheriff Reno Bartolomie había observado la buena influencia del Templo en apartar a jóvenes de la droga y Jones le apoyó para su reelección en 1974. Como no estaban seguros de que siguiera en el puesto, hizo que el Templo apoyara también a su oponente, Tom Jondahl, jefe de policía de Fort Bragg, que venció inesperadamente al antiguo alguacil. Jones tenía siempre “una carta escondida”. Jugaba con “todas las cartas”. No era tan necio como los cristianos que se comprometen con cierto partido y luego se decepcionan, o fracasa. Sabía bien lo que hacía, aunque a veces cometía errores.

Es cierto que no todos entraban en su juego político. Ese era el caso del director del departamento de asistencia social del condado, Dennis Denny. A él no le impresionaba la reputación filantrópica que tenía la iglesia, ya que había tenido experiencia en el condado de Orange hasta 1969 con organizaciones religiosas y sectas que intentaban abusar o defraudar al sistema. Denny creía que Jones se había instalado en Ukiah debido al Plan Mendocino para albergar pacientes recluidos en hospitales psiquiátricos en residencias locales. El estimaba que a través de las diez residencias que tenía el Templo del Pueblo con más de quince pacientes cada una de ellas, Jones tenía una impresionante fuente de ingresos, además de una forma de reclutamiento de fieles.

Lo que Denny no se daba cuenta es que tenía entre cinco u ocho miembros del Templo trabajando en su departamento. Una de esas personas especialmente, Sharon Amos, actuaba de agente doble. Filtraba información a unos y a otros. Cuando los inspectores se presentaban sin previo aviso, encontraban las residencias limpias y en orden. Al cerrarse finales de 1972 el hospital estatal, muchos miembros de la iglesia se quedaron sin trabajo. Hubo unas reuniones a alto nivel en el Templo, para compensar la falta de ingresos con ayudas del estado a residencias para huérfanos o chicos con problemas en la zona de la bahía de San Francisco. Amos advirtió a Denny de los planes del Templo y él se adelantó solicitando licencias con amenazas de procesamiento. En estos casos Jones daba marcha atrás, pero esa vez cometió el error de llamarle de madrugada en tono amenazante. Y Denny lo denunció a las autoridades.

LA COMISIÓN DE PLANIFICACIÓN

La iglesia había pasado de los 150 colonizadores que vinieron de Indiana a los 3000 miembros de mediados de los 70. Por su oposición al racismo, el predominio era ahora negro, pero los fieles seguían siendo de origen evangélico. La organización del Templo recaía, sin embargo, en una minoría blanca liberal de jóvenes entre los veinte y treinta años. Estos tenían experiencia en leyes, contabilidad, sanidad, enseñanza, música y administración. Se encargaban de las relaciones públicas, las finanzas y las responsabilidades sociales. Tenían su trabajo fuera del Templo, donde ganaban buenos sueldos.

Tras la organización visible estaba, sin embargo, el verdadero “estado mayor” de la iglesia que no salió de la sombra hasta principios de los 70. La Comisión de Planificación estaba formada al principio por una serie de mujeres blancas universitarias, seleccionadas por Jim Jones como la élite de confianza a la que se confiaban las misiones más delicadas. Eran de ocho a diez mujeres. Veamos el caso de dos de ellas. Sandy Brandshaw fue una de las primeras. En 1970 vivía con un hombre de raza negra en San Francisco llamado Lee Ingram. Los dos eran de Nueva York. Ella era socialista y atea, educada en el metodismo, cuando conoció a Jim Jones. Trabajaba con menores junto a Patty Cartmell, una matrona que llegó también al Templo.

Jim Jones confiaba a Brandshaw y Cartmell tareas tan sensibles como conseguir información de miembros o allegados del Templo, para usar en sus reuniones. Estos datos a veces los usaba porque pretendía tener un conocimiento milagroso de las personas, o simplemente para presionarlas. Su amante, Carolyn Layton, fue quizás la primera que se dedicó a estas tareas e inició a las demás en ello. No era un “trabajo agradable”, el de aquellas mujeres. Tenías que carecer de escrúpulos morales y pensar que “el fin justifica los medios”. Las misiones eran tan arriesgadas como cuando Jones mandó a Brandshaw y Cartmell a una casa en Pittsburg, donde vivía una persona que había manifestado su interés de asistir a las reuniones. Tenían que recabar toda la información que pudieran, pero para ello tenían que disfrazarse y entrar en el baño, a mirar las medicinas que tenían, o ponerse ropa oscura, saltar tapias y eludir vigilantes. A menudo debían hurgar en los cubos de basura para encontrar datos bancarios, hábitos de alimentación, facturas, papeles y cartas.

Como toda “policía secreta”, la élite del Comité de Planificación era despreciada por el resto de los miembros del Templo. Se la solía culpar de la acciones y política impopular de Jones, pero eso era lo que él precisamente quería. Desviaba así las críticas a su persona, haciendo que recayeran contra sus “lugartenientes”. A estas alababa y adulaba, consciente de que, si se volvían contra él, podían hacerle mucho daño. Por eso las elegía muy cuidadosamente. Tenían que tener recursos, como cuando a Cartmell la arrestan en un barrio negro y dice a la policía que salía a escondidas de ver a un amante afroamericano. Lo curioso es que, a pesar de formar parte de estas maquinaciones, seguían creyendo que Jones tenía poderes sobrenaturales, como que sabía lo que decía un dossier de información, antes de leerlo. Otras simulaban curaciones, como cuando Linda Dunn podía convertirse en una anciana sueca en silla de ruedas, que se levantaba poco a poco, por la sanidad de Jones.

LEALTAD EQUIVOCADA

Detrás de ese deseo enfermizo de control de Jim Jones, no hay duda de que está la preocupación infantil por quedarse solo y desprotegido. Es ahí, sin duda, donde está su atracción por el socialismo. No es algo intelectual, sino emocional. Jones llegó a meter después en la Comisión de Planificación de cincuenta a cien personas, pero algunas sólo estaban con el objeto de delatar a otras. Así cuando alguien estaba celoso del honor que había recibido otro, se le premiaba con esa posición. Otras veces era para vigilar a otros. La figura destacada era, sin duda, Tim Stoen. La técnica de Jones era callarse hasta que todos habían dado su opinión y decir entonces, la última palabra.

Las reuniones no eran todas discusiones administrativas. También había una especie de sesiones de seudopsicoterapia para poner de relieve las debilidades de cada uno. Buscaba especialmente conocer los intereses y practicas sexuales de algunos, para explotarlos luego de forma despiadada. No sólo había “matrimonios abiertos” en la iglesia. También era habitual la bisexualidad y la homosexualidad. Todo cabía en la iglesia, pero Jones era “el gran amante”.

Esa devoción a Jones se hace ciega un domingo de 1971. Los músicos estaban afinando los instrumentos para el culto de las once de la mañana, cuando tras un silencio, Jones subió al púlpito entre aplausos, como solía hacer. Llevaba una túnica sobre un suéter con cuello de cisne blanco. El mechón de cabellos le caía sobre la frente y sus ojos se escondían detrás de sus gafas oscuras. Se sentaba en un taburete alto de bar, aunque parecía que estaba de píe. Sus mensajes solían ser algo impresionistas. Eran bastante contradictorios y escapaban el análisis, pero lograban ese dramatismo de gestos inesperados.

Es cierto que Jim Jones había despreciado la Biblia en muchas ocasiones, pero sólo la pisó una vez, dejándola caer con estrepito, entre aplausos. El contexto era un llamado al socialismo y a la libertad de seguir a Dios por uno mismo. Puso los píes encima de una Biblia de color negro, diciendo “no es sagrada”. Quería decir que “aunque la tiréis, no moriréis”. Balanceaba su cuerpo sobre ella, mientras decía: “Deseo que comprendáis que vosotros mismos debéis ser la Biblia”. Según muchos de sus críticos, llegó a decir ese día que era dios. No hay duda de que a partir de ese momento, su iglesia se convirtió en una secta.

José de Segovia
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