Los milagros en la estrategia de Jim Jones

Madrid, 23 de Febrero de 2019. Una de las combinaciones más extrañas del Templo del Pueblo era que para difundir su mensaje de conciencia social contra el racismo y los males del capitalismo, recurría a la estrategia de un ministerio centrado en los milagros. La publicidad de la iglesia solía presentar a Jim Jones como un hacedor de señales y prodigios, lo que chocaba con la imagen que quería dar a las autoridades de una entidad dedicada al trabajo humanitario. Es algo que caracteriza al Templo del Pueblo desde que comienza en Indiana, hasta su espectacular crecimiento en California y su extensión por todo el país.

A partir de 1972 la comunidad de Redwood Valley se queda pequeña frente al aumento de las congregaciones de San Francisco y Los Ángeles. Las iglesias se abrían en los barrios pobres donde vivía la gente obrera afroamericana. El lugar donde se reunían en San Francisco es ahora una oficina de correos, pero el edificio de Los Ángeles es actualmente la Iglesia Adventista Central de habla hispana, un edificio de ladrillo estilo árabe, que había albergado antes a la Primera Iglesia de Cristo Científico, o sea de Ciencia Cristiana.

Cuando uno visitaba una reunión del Templo del Pueblo, se topaba en la puerta con una persona –generalmente de raza blanca–, que valoraba si podías traer problemas. Ya desde 1967 Jim Jones utilizaba un miembro corpulento de la iglesia como guardaespaldas, que llevaba una pistola en regla, pero a finales de 1972 eran una docena los hombres y mujeres armados, que actuaban como servicio de seguridad del Templo. No estaban autorizados a mostrar las pistolas, pero en ocasiones hacían alarde de ellas.

Como Jones era el centro de las reuniones, viajaba en uno de los once autocares tipo Greyhound, que se desplazaban de un lugar a otro, cada fin de semana. El suyo tenía comodidades especiales, pero era también donde iban los guardias armados y el dinero recaudado. Las condiciones en que viajaban los demás, no eran por supuesto, muy agradables. Había un grupo que se adelantaba para organizar las reuniones y repartir folletos. Se anunciaban además en los periódicos locales y las emisoras cristianas de radio. La publicidad solía incluir la foto de Jones con una invitación a ir “a ver al ministro que hace milagros”.

PROBLEMAS CON LA PRENSA

Lo paradójico es que la principal forma de atracción que tenía Jim Jones –el énfasis en los milagros– se convierte en la razón por la que es denunciado por la prensa, hasta el punto de sentirse tan acosado, que se traslada finalmente a Guyana. A su paso por Indianápolis –donde tenía todavía un pequeño grupo que llevaba una residencia de ancianos, la antigua iglesia y otras propiedades del Templo–, un periodista del diario local escribe en otoño de 1971 un reportaje sobre una “Iglesia abarrotada para asistir a las sanidades del autoproclamado profeta de Dios”.

El reportaje llama la atención de un grupo de psicólogos de Indiana, que empieza a investigar sus actividades. Jones no era un ministro cualquiera. Había tenido allí un cargo público, puesto que había sido responsable del departamento de derechos humanos del estado. Un médico reunió la oposición con la preocupación de que personas enfermas abandonaran tratamientos de cáncer. Jones se mostró dispuesto a colaborar, pero dijo que ante la desconfianza que expresaban los medios de información, tenía miedo de que manipularan las pruebas en contra suya.

Meses después de su partida, Carolyn Pickering del Indianapolis Star escribió al San Francisco Examiner, que encargó la investigación al redactor de temas religiosos. Lester Kinsolving no era un periodista provinciano, sino que tenía una columna a nivel nacional. Era pastor episcopal de cuarta generación, tras abandonar una carrera en la publicidad y las relaciones públicas. Una mañana de verano del 71 apareció con un fotógrafo en el Templo, pero los guardias de seguridad no le permitieron la entrada. Jones se disculpó después y se ofreció a colaborar, usando al ayudante de fiscal Tim Stoen como intermediario, mientras hacía que otros miembros de la iglesia enviarán cartas al periódico, no para quejarse, sino para elogiar su persona.

EL CASO KATSARIS

Esta era otra estrategia habitual de Jim Jones. Veamos el caso de Steven Katsaris, como ejemplo. Este antiguo sacerdote de la iglesia ortodoxa entró en contacto con el Templo del Pueblo cuando su hija Maria se hizo amiga de una compañera de trabajo. Ellas trabajaban en una escuela para niños con deficiencias mentales que había en Ukiah, que dirigía el padre de Maria, tras su divorcio. El ex-sacerdote ortodoxo no sólo tenía preparación y experiencia teológica, sino psicología para descubrir los trucos de Jones. Cuando la amiga de su hija pidió permiso en la iglesia para invitarla, Katsaris fue a una reunión con ella. Después de los primeros cánticos y testimonios, alguien le dio una palmadita en la espalda, para decirle amablemente que lo que venía a continuación era sólo para los miembros. Al darse cuenta de que no era un malentendido, padre e hija se fueron enfadados. A la mañana siguiente Jones llamaba para disculparse. Esa era siempre su estrategia.

Katsaris aceptó las disculpas y volvió a otra reunión con todavía más curiosidad que antes. Esta vez las palmaditas en la espalda eran del abogado del Templo, que quería hablar con él en ese momento, para ofrecerle ayuda pintando la escuela. El hombre se dio cuenta que era una excusa para llevarle al aparcamiento, mientras Jones pretendía extirpar un cáncer milagrosamente. Muy molesto, Katsaris vuelve a marcharse con su hija. Esa misma noche Jim vuelve a llamarle con excusas. Estaba claramente jugando con él. Es entonces cuando Jones hace una de esas manipulaciones asombrosas, para salir al paso de una situación como esta.

El pastor se dirige a toda la congregación, para proponerles un juego. En tono jocoso les anuncia que quiere venir un sacerdote. Ellos “ya saben cómo son”, les dice buscando su complicidad. Como gracia, les propone un servicio diferente. Se van a comportar por una vez correctamente, dice irónicamente. Cuidarán el lenguaje y no habrá curaciones. Entre risas, les dice que sólo hablará de la Biblia y la obra social de la iglesia. Nada de profecías y sanidades. La gente asiente divertida a la idea. Y eso es lo que hace, cuando Katsaris visita un culto el sábado por la noche. Obvia decir que se quedó sorprendido, agradablemente. Sin embargo, al hacerse su hija Maria miembro del Templo, fue perdiendo poco a poco el contacto con ella, hasta marcharse a Guyana, donde llegaría a ser amante de Jim Jones.

PARANOIA CRECIENTE

La única mención que se hace en la prensa de ataques al Templo se refiere a incidentes que recuerdan a los de Indiana, amenazas por teléfono. Como allí, animales aparecían muertos. Se descubre una bomba incendiaria en el edificio, como el cartucho de dinamita que apareció en la carbonera de Indiana. Todo hace sospechar que Jones se inventaba los ataques. Lo que está claro es que transmite esa paranoia a su congregación. La iglesia parece cada vez más un recinto militar. Cercada por cadenas rematadas por alambres de púas, tiene reflectores adosados a los postes telefónicos, dirigidos al exterior, a la vez que la valla es vigilada por un pelotón de seguridad.

Jones decía a menudo que no tenía miedo a perder la vida por la causa. Soñaba con un martirio al estilo de los grandes dirigentes asesinados en los 60, Luther King, los Kennedy o Malcolm X. Como este último, se veía desplomándose tras el púlpito por ráfagas de disparos, al estilo del líder afroamericano en Nueva York en 1965. Manipulando el amor de sus fieles, les llegó a convencer de que enemigos desconocidos atentaban contra su vida.

Así una tarde de verano en el valle en 1972, varios cientos de personas de la congregación se agrupaban en el aparcamiento, mientras colocaban platos y alimentos en unas mesas para comer al aire libre. Adolescentes jugaban a la pelota y ancianos se resguardaban a la sombra, cuando el hijo de Jones, Stephan, recuerda un ruido como un golpe fuerte de un tambor. No era el grupo de música, sino un disparo, que venía del otro lado del terreno. Su perro se lanzó en esa dirección, pero Jones ensangrentado, se sujetaba el pecho con la mano, mientras con la otra señalaba el lado opuesto: “No, no, ¡por allí!”.

MENTIRAS ÚTILES

La multitud se agolpaba frente a la casa, donde había sido llevado Jim Jones. Media hora después salía por sus propios medios. La gente boquiabierta, daba gracias al Cielo, cuando pidió a las enfermeras del Templo: “¡Decidles el agujero que tengo!”. Su íntimo colaborador Jack Beam enseñaba su camisa agujereada, mientras una de las enfermeras afirmaba que “podía meter los dedos en la herida”. El milagro esta vez era, sin embargo, que el agujero había desaparecido de su pecho, puesto que se había curado a sí mismo. En un acto de indulgencia y misericordia, además, señaló en la dirección opuesta al disparo, para que no matarán al supuesto asesino, cuando le perseguían sus vigilantes armados.

Jones encargó al predicador carpintero afroamericano Archie Ijames una caja de madera con un cristal en la parte superior, para guardar la ensangrentada camisa. La reliquia se mostró sólo una vez en público ya que, al enterarse el sheriff del incidente, empezó una investigación, que atemorizaba más al pastor del Templo del Pueblo que los disparos. Y con una velocidad milagrosa, la caja fue a parar al almacén. Los primeros en sospechar la autenticidad de estos ataques fue la guardia de seguridad, pero ¿cómo justificaban estos engaños los que participaban en su complicidad en ellos?

La manipulación les parecía válida, porque el resultado era positivo. Unía a los fieles, a la vez que mostraba la realidad de la amenaza de sus enemigos. De igual modo que las mujeres que le ayudaban a falsificar sus milagros pensaban que tenía igualmente poderes sobrenaturales por los que conocía los hallazgos sobre las enfermedades de los que visitaban el Templo, antes de leer sus informes. No es que podían creer en él, a pesar de ello. Es que querían creer en él, que es otra cosa.

FALSOS TESTIMONIOS

Sorprende cómo los cristianos recurren al engaño para mostrar el poder milagroso de Dios o el sufrimiento de la iglesia perseguida. Así algunos pretenden haber resucitado, después de estar muertos, como Jim Jones decía haber devuelto a la vida a más de cuarenta en sólo un año. O padres dicen que sus hijos han visitado el Cielo, para dar esperanza al creyente frente a la muerte. Cuando periodistas descubren que esa persona no ha muerto, lejos de sentir que han engañado a la gente, piensan que lo importante es la fe que comunican esos falsos testimonios.

Uno de los casos más extraños de engaño que hay en la Iglesia hoy, no son sólo los falsos milagros, sino también las historias fraudulentas que se presentan como testimonio de la Iglesia perseguida. Así circulan en Internet fotos de cuerpos muertos por una explosión de un oleoducto como si fueran cristianos asesinados por musulmanes en Nigeria. Un interesante ejemplo de esto es el reciente documental sobre el caso de Sergei Kourdakov, que se puede ver en YouTube en versión original –Perdóname, Sergei–. Cuenta la verdadera historia del protagonista del conocido libro “El esbirro”, un ruso escapado al Canadá en los años 70, que decía haber perseguido cristianos con la KGB, pero habría sido convertido por el martirio de una de sus víctimas, la imaginaria Natasha.

La joven evangélica Caroline Walker, impresionada por la historia, va a Siberia para hacer una película que sirva de inspiración al público contemporáneo, cuando descubre que todo son mentiras. Testimonios como el de Kourdakov, no es que sean exagerados. Son como los atentados a Jim Jones, historias inventadas por pobre gente hambrienta de atención o deseo de concienciar de una buena causa, como el sufrimiento de la Iglesia perseguida. Cuando intentamos dar más fuerza a la verdad del cristianismo, distorsionando la realidad, no lo hacemos más poderoso, sino más débil. Ya que “el poder de Dios se manifiesta en nuestra debilidad” (2 Corintios 12:1-10). Y no hay amor comparable al que podemos recibir de Dios en Cristo Jesús… ¡Este es el milagro del Evangelio!

José de Segovia
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