Estudio

El santurrón y la actitud bélica de Jack Chick

Barcelona, 20 de Junio de 2019. Los cómics de Jack Chick están clasificados como literatura de odio y penalizados por empresas como Google, Facebook o Amazon. Su biógrafo Daniel Raeburn asegura que es precísamente esa actitud bélica frente al mundo la que sostiene y da sentido a su obra. “Cuando me vaya de aquí, ¡me voy a llevar a todos los que pueda con Cristo!” - decía Jack Chick, después de sus tres años luchando contra los japoneses. Como muchos otros veteranos, Jack apenas hablaba de lo que había visto y hecho en el frente. Su cuarto cómic “El Santurrón” o “Holy Joe” (1964) es una excepción que merece la pena analizar con especial detalle.

La mañana del domingo 7 de diciembre de 1941, en la soleada isla de Pearl Harbor, la pequeña base militar de Estados Unidos de América era bombardeada por 535 aviones japoneses. El día siguiente el presidente Roosevelt confirmó la declaración de guerra a Japón y la oficial incorporación de su país a la Segunda Guerra Mundial. Muchos ciudadanos americanos de origen japonés fueron obligados a abandonar el país dejándolo todo atrás. La guerra costaba mucho dinero y el gobierno necesitaba el apoyo de la población civil. El 13 de junio de 1942 el gobierno de los Estados Unidos de América creó un nuevo departamento llamado “Office of War Information” que se encargaría de la concienciación de la población civil por medio de la propaganda. Las películas, la radio o la prensa serían las herramientas habituales del nuevo departamento.

Los efectos de la propaganda militar

Cientos de sus carteles empapelaron ciudades como Los Angeles, como el famoso cartel del aviador americano diciendo: “Vosotros nos dais fuego, ¡nosotros les daremos a ellos el infierno!”. El ejército definitivamente necesitaba dinero, soldados y, por supuesto, mucho ánimo para mandar japoneses al infierno, ¡literalmente! Jack Chick había dibujado aviones de guerra desde que era un niño e incluso había trabajado en la rotulación de carteles en la empresa de su padre. Jack recordaba a su padre trabajando y hablando sin parar de tipografías y detalles de su profesión, por lo que es difícil de imaginar que estos carteles militares no llamasen su atención. Cuando había cumplido diecinueve años estaba empezando a estudiar en una escuela de interpretación Pasadena Playhouse School of Theater y recibió una carta del gobierno que le llamaba a las armas. Pasaría por eso los siguientes tres años viajando entre los diferentes países ocupados por el ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Lo haría con su cámara de fotos como parte de una de las unidades de criptografía, una tecnología de la comunicación cifrada que se estrenó en esta misma guerra y que obligó al gobierno de los Estados Unidos de América a formar a muchos de sus soldados en la utilización de alrededor de una veintena de métodos de encriptación.

Muchos de aquellos jóvenes llevaron a Japón literatura de bolsillo, copias de "Tijuana Bibles". Estos pequeños cómics pornográficos de apenas unas páginas grapadas, podían encontrarse en cualquier rincón de la ciudad, como vimos en el artículo sobre el cómic de Jack Chick titulado “El espantoso sueño de un demonio”. Los soldados de estas divisiones de encriptación de la comunicación pasaron largas horas fumando, leyendo y esperando recibir alguna orden, pero no es cierto que estuvieran fuera de todo peligro. Los registros hablan de que estos operarios a veces corrían el riesgo de ser disparados por sus propios compañeros o capturados por el enemigo. William R. Wilson, por ejemplo, divulgó en 1997 un extraordinario ejemplo a través de la revista Americana History Magazine. Philip Johnston, cuenta él en el artículo, trabajaba como ingeniero civil en Los Angeles cuando leyó las muchas pérdidas que el ejército tenía por sus dificultades protegiendo los mensajes.

Philip Johnston se acordó de cuando era pequeño y de cuando acompañaba a su padre, que trabajaba como misionero en la reserva de indios Navajos de Arizona. Se acordó de que en el lenguaje de los nativos una misma palabra podía tener hasta cuatro significados diferentes dependiendo de la entonación y lo que era aún más conveniente: no existía ninguna documentación escrita del idioma, ni siquiera del alfabeto. Inicialmente el gobierno rechazó esta idea, tan alejada de las soluciones tecnológicas que se barajaban entonces. Pero ante la insistencia de Philip Johnston, y al ver los resultados de una prueba con cuatro voluntarios, los marines reclutaron y enviaron a doscientos de estos jóvenes de la reserva a la “Operación Iceberg” en Okinawa - que es precisamente donde había acabado Jack Chick.

Las atrocidades de los soldados en Okinawa

Los nuevos reclutas hicieron todo lo que estaba en sus manos para estar a la altura de las circunstancias, vestidos y formados como el resto de los marines. Cuando llegaron a la costa, sin embargo, no pudieron evitar hacer sus rituales y bailes ancestrales. Invocaron entonces a sus propios dioses principalmente para que confundieran al enemigo y ayudarán también a sus compañeros. Sí, pedían a sus dioses protección, también para aquel pueblo que en el pasado había ocupado su propio país y les había recluido a ellos en reservas. Cuenta el interesante artículo que mientras lo hacían, muchos de sus compañeros se burlaban. Al desembarcar en el sur de la isla encontraron que no había nadie. Dudaron con razón de su escepticismo durante muchas horas, hasta descubrir que los soldados japoneses estaban realmente escondidos y esperando sorprenderlos desde el norte.

La batalla de Okinawa de hecho ha pasado a la historia como la más sangrienta de todas las que hubo en el Pacífico. 1.465 aviones suicidas se arrojaron sobre las instalaciones de los aliados en menos de tres meses. El miedo y el desconcierto llevó también al ejército de los aliados a responder con todo tipo de atrocidades incluso contra la población civil. Se identificaron cerca de 150.000 víctimas civiles sólo en esa batalla de Okinawa. El mismo departamento de “Office of War Information” también diseñaba y producía la propaganda que se le arrojaba a los japoneses, desde los aviones, como aquel famoso dibujo de unos esqueletos vestidos de soldados y el siguiente texto: “¿Vivir o morir? ¡Haz tu elección!”. Jack Chick tuvo que leer algunos de los cientos de diferentes modelos de estos terroríficos mensajes, enviados desde el cielo y esperando ser encontrados en cualquier rincón de la selva. Unos mensajes eran para los japoneses y otros, por supuesto, para los los americanos. Los cómics que dibuja Jack Chick más adelante realmente reclaman para sí mismos la misma atención que aquella propaganda militar.

Los soldados japoneses le quitaban la comida a las madres, utilizaban los cuerpos de ellas como escudos contra las balas y le cortaban la cabeza a los bebés para que no lloraran. Según el historiador japonés Yuki Tanaka, al acercarse la medianoche del 4 de abril de 1945, alrededor de cincuenta soldados americanos salieron de tres camiones y tras el sonido de un silbato asaltaron el Hospital Nakamura en Omori. Tardaron apenas una hora en violar a alrededor de ochenta personas que lo ocupaban en calidad de pacientes o de personal del hospital. Esa noche varios pacientes japoneses fueron asesinados al tratar de impedirlo y un bebé de dos días fue arrojado al suelo ante los horrorizados ojos de su madre. Escenas similares se repitieron durante años y pasan muchas veces desapercibidas al hablar de ellas en términos de números. Los números sin embargo también importan.

El recuerdo de las atrocidades de los soldados

Los números importan especialmente cuando se mezclan con los recuerdos. Los civiles en Okinawa tenían tanto miedo que alrededor de 700 de ellos se quitaron la vida antes del desembarco de los aliados. Se calcula que 3.500 mujeres fueron violadas sólo en el primer mes del desembarco de las tropas en Fujime Yuki. Particularmente en la isla de Okinawa fueron violadas por los soldados 10.000 mujeres más. Jack Chick sin embargo contó un relato muy diferente a sus amigos en Los Angeles. Según cuenta David Daniels, que está ahora al cargo de Chick Publications, el relato de Jack Chick sostenía que las mujeres japonesas eran muy guapas, que tomaban la iniciativa ofreciéndose a tener relaciones sexuales y que eran ellos quienes se negaban - debido al riesgo de contraer así alguna enfermedad venerea.

Jack Chick sin duda podía demostrar que había conocido a algunas mujeres civiles japonesas gracias a fotos que hizo de ellas y compartió luego con David Daniels en Chick Publications. La descripción del comportamiento, que hizo verbalmente después, sin embargo, es poco creíble que viniese de mujeres civiles. Su descripción encaja mucho mejor con la de aquellas mujeres a las que el gobierno japonés había comisionado, con el fin de permanecer en auténticos burdeles públicos para militares. Muchas mujeres que se dedicaban profesionalmente a la prostitución entregaron sus vidas en aquellos lugares, convencidas de que eso minimizaría las atrocidades que estaban cometiendo los soldados aliados y japoneses con la población civil.

Muchos marineros que volvían a Castilla desde América en el Siglo XVI, con recuerdos muchas veces turbios de lo que habían hecho y visto hacer, contaban al llegar historias muy extrañas de seres nunca antes vistos en Europa. El “Bestiario de las Indias” recoge decenas de especies fantásticas, protagonistas de historias que eran a menudo creídas por los que las escuchaban. El propio Cristóbal Colón aseguraba en su diario el 9 de enero de 1493 haber visto tres sirenas. La experiencia del horror y el trauma muchas veces puede aislar al que los sufre. Y es difícil para los que no participamos de su experiencia identificar qué les pudo llevar a ver lo que aseguran haber visto. Lo que sí es cierto es que la audiencia estaba preparada para escuchar todo tipo de historias insólitas, chocantes y aterradoras cuando Jack Chick vuelve a Los Angeles.

La vuelta al horror de los Estados Unidos de América

Los estudios calculan que el 20% de los veteranos, soldados norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, han sufrido desde entonces Trastorno por Estrés Postraumático o PTSD. Jack Gutman, por ejemplo, luchó en Okinawa, ha escrito sus memorias en "One Veteran"s Journey to Heal the Wounds of War" y lo presenta ahora a la FOX al cumplir sus 92 años. Para entender la obra de Jack Chick es extremadamente útil leer los detalles de los síntomas que tenía en común él con muchos de estos miles de veteranos: (1) incapacidad de recordar aspectos importantes de los sucesos traumáticos; (2) creencias o expectativas negativas persistentes y exageradas de uno mismo y del resto del mundo; (3) disminución importante del interés o la participación en actividades significativas. Jack Chick observado a través de esta perspectiva adquiere una dimensión más humana quizás y explica parte de las razones por las que se escondía del mundo y se enfrentaba a él con una opinión tan depresiva acerca de sí mismo y de los demás.

El Trastorno por Estrés Postraumático es sufrido por muchas otras víctimas de diferentes traumas producidos fuera del campo de batalla. Dolencias que llevan a muchos a buscar ayuda también en las iglesias. No se puede entender la belicosidad del movimiento fundamentalista o evangélico norteamericano sin entender antes que los Estados Unidos de América lleva, ininterrumpidamente, más de doscientos años en guerra. La misión para la que Jack Chick se cree destinado por Dios es por eso una misión con la misma dosis de acción bélica que la que había visto en los marines durante la Segunda Guerra Mundial. Lo hemos visto ya. “Cuando me vaya de aquí” -decía él- “¡me voy a llevar a todos los que pueda con Cristo!”. La tensión y agresividad frente a sus conflictos, por supuesto, no siempre tenían una fácil solución. Al sufrir un infarto a mediados de la década de 1990, Jack Chick aseguraba que en la ambulancia daba continuamente vueltas al mismo pensamiento: “Me reía todo el rato y le decía a Satanás: "Has perdido la batalla, el cómic Waxman ya ha sido dibujado". Esta mano volverá a ser normal y servir al Señor”. Puede ser relativamente fácil invadir y arrasar una isla con una buena cantidad de armas pero ¿qué ocurre cuando el enemigo forma parte de ti mismo?

Fue el sentimiento de culpa al volver de la guerra, lo que le empujó a Jack Chick a cambiar totalmente de opinión sobre Jesús. Según él lo hizo definitivamente al oír la promesa escrita en Isaías: "si vuestros pecados fueren rojos como la grana, como la nieve serán emblanquecidos". Según sus propias declaraciones no tardó entonces en tener notables sentimientos de ira, especialmente al recordar que sus compañeros en Japón nunca le hablaron de Jesús. Les reprochaba que podría haber muerto en la guerra y debido al silencio de ellos nunca habría tenido conocimiento del evangelio. Como parte de su compromiso y mortificación Jack Chick asume entonces que debe entregar su vida a la propagación de ese mensaje. Un mensaje al que inevitablemente, en medio ya de una insatisfecha mediana edad, debía darle su muy particular y mejorado formato. Un formato de estratégica y camuflada guerrilla antisistema. Recordemos que sus cómics están pensados para ser deliberadamente abandonados en puntos claves de las grandes ciudades, de forma anónima, tal y como se distribuía la propaganda militar en el frente.

Los fuegos cruzados de las batallas legales con Jack Chick

No es casualidad que el primer grupo de personas al que ataca Jack Chick en 1961 sea la iglesia evangélica: la iglesia evangélica era ya motivo de ataque de buena parte de la contracultura de su época. "Hippie, come home" de Vic Lockman o "The Adventures of Jesus" de Frank Stack, son solo dos de las pruebas de que Jack Chick no estaba sólo. Jack Chick se anticipó a Robert Crumb y el nacimiento del Cómic Underground por una ventaja de alrededor de 7 años pero el caldo de cultivo y los énfasis que utilizaron ambos autores fueron exactamente los mismos. Tanto es así, de hecho, que David Peterson de Curator Magazine llega a dudar de si Robert Crumb y Jack Chick no son realmente dos seudónimos de la misma persona. Jack Chick sentía una enorme dependencia del conflicto y estar envuelto en algún tipo de problema le hacía sentirse más cómodo.

La obra de Jack Chick, al igual que la de algunos de sus famosos colaboradores como Tony Alamo, está clasificada hoy como literatura de odio por la acreditada institución Southern Poverty Law Center. El criterio de estos abogados es importante no sólo para el FBI. Hemos dicho que por ejemplo importantes compañías tecnológicas como Google, Facebook o Amazon utilizan hoy sus informes, aplicándolos a sus algoritmos para silenciar, dentro de sus propios servicios, la voz de estos grupos acusados de fomentar el odio. No es sorprendente por eso que muchos empresarios y políticos conservadores sienten hoy verdadero pánico a esta alianza en los Estados Unidos de América. Southern Poverty Law Center se fundó en 1971 como un recurso para defender los derechos de minorías afectadas por el abuso de grupos religiosos y supremacistas blancos como Ku Klux Klan. Bob Moser en The New Yorker apunta que nada es más rentable económicamente para esta institución que los extremismos de los conservadores como el que ha producido Donald Trump.

Southern Poverty Law Center es noticia durante estos días, en esta ocasión, por voces que perjudican particularmente a sus propios intereses. Morris Seligman Dees, uno de los tres fundadores de la institución, ha sido tradicionalmente acusado de estar más interesado en el marketing y en los beneficios económicos de sus casos, que en la justicia que supuestamente defendía. El informe que veinticuatro de sus empleados han presentado contra él, vinculando a Morris con el acoso y el maltrato selectivo de sus trabajadores, en función de su raza y sexo, ha servido al menos para su despido. Ver, sin embargo, a personas que tradicionalmente han luchado por los derechos civiles, cayendo en los mismos errores de aquellos a quienes perseguían, seguramente con la mejor de las intenciones, no deja sin embargo de producir un sentimiento de desprotección. Casos como este despiertan interesantes preguntas sobre si se puede o no combatir realmente el odio con más odio.

La singularidad del cómic “El Santurrón”

El letrero de la puerta del despacho de Jack Chick no incluía su nombre sino una seria advertencia: “THE WAR ROOM” - que significa algo así como “La Habitación de la Guerra”. En su interior tenía por supuesto literatura cristiana pero también muchas películas de terror como la serie completa de Viernes 13. No es cierto que Jack Chick ataque a las minorías marginadas, lo que sí es cierto es que las minorías marginadas no se libran de sus ataques. Su actitud frente a los ataques era además digna de una organización antisistema; conocía bien el interés que despierta todo lo que está prohibido y ante las amenazas sacaba pecho. Su octavo cómic se tituló “Este libro ha sido prohibido” o “This Book Has Been Banned” (1969) y mostraba a unos demonios tratando sin éxito de ocultar una pantalla de cine. Jack Chick tenía, eso sí, una clara tendencia a publicar cómics sobre temas que eran particularmente ajenos a su propia experiencia personal. Las historias sobre el satanismo, las sectas o el final de los tiempos le permitían tratar temas que estaban muy lejos de sus particulares debilidades. La mojigatería de muchos cristianos de su tiempo, por ejemplo, le era también especialmente ajena como él mismo quiso dejar claro desde su primer cómic en 1961. Él definitivamente prefería identificarse con los pecadores. El cuarto cómic que publica, como hemos dicho, es una excepción al tratar el tema de la guerra.

“¡Esta fue tu vida! (1964), publicado por él un poco antes, ese mismo año, establece un precedente, tratando directamente el tema de nuestros recuerdos más oscuros y su famosa pantalla telemascope, que era ya habitual en los dibujos de las “Tijuana Bibles”. “El Santurrón” o “Holy Joe” (1964) incluye la pantalla, trata un tema bastante personal y además uno de los temas más delicados de su obra: un tema que incluso sus coleccionistas más fieles destacan como el tema más difícil de digerir. En este cómic titulado “El Santurrón” un alto cargo militar, un sargento gordo, calvo y feo, como es habitual en sus villanos, trata especialmente mal a sus soldados. Se comporta como un auténtico monstruo especialmente con el bien hablado evangélico que da título al cómic, hasta que justo antes de morir hace una simple oración en apenas unos instantes. Esa simple oración le sirve, sin embargo, para justificarse delante de Dios para toda la eternidad. Todo el mal infringido sobre los demás parece dejar de tener importancia debido a esa sencilla fórmula. Es un desenlace muy similar a otro de sus famosos cómics titulado “Lisa” (1984).

La idea original no es del todo suya. Todos conocemos la historia de los dos ladrones crucificados junto a Jesús ¿verdad? Con más o menos detalles hemos oído hablar de cómo uno de los dos ladrones recibe de Jesús la promesa de que esa misma noche estaría junto a él en el cielo. Jack Chick sin embargo añade una serie de variaciones a esa historia original que merece la pena analizar. (1) La primera variación es que en el relato de Jesús no hay apenas diferencias entre un ladrón y otro. Los evangelios no hablan de un buen ladrón y un mal ladrón sino de dos ladrones, tan buenos o malos el uno como el otro. Porque en efecto el trasfondo judeocristiano es que todos los seres humanos sin excepción somos malos, no sólo en nuestro fuero interno, sino también en nuestras acciones. Jack Chick se pasa sin embargo todo el cómic haciendo la clásica diferenciación entre el bueno y el malo. (2) La segunda variación importante es que el ladrón que habla con Jesús no hace al final ninguna oración especialmente singular, ni mucho menos la popular y sencilla “oración del pecador”. La oración que hace el terrible villano de su historia al final, es el modelo que Jack Chick vende como infalible, la fórmula de los cuatro pasos, más en la línea en la que un mago puede utilizar un abracadabra o un sacerdote católico administra la extrema unción.

Jack creía realmente en la efectividad de esta fórmula. Creía en ella hasta el punto de que cuando su propio padre está mudo, en su lecho de muerte, Chick le recita la oración y le suplica a su padre que la repita mentalmente para evitar con ella la condenación eterna de su alma. Es por cierto una tradición bastante evangélica muy similar realmente al sacramento de la iglesia católica; precisamente la iglesia que de tantas maneras trató de desacreditar Jack Chick. En cualquier caso la conclusión del cómic, en su línea habitual, viene a decir que aunque la salvación es dada por Cristo gratuitamente al final, son las obras de arrepentimiento del creyente previas las que de alguna forma espiritual o mágica empujan a Cristo. En sus cómics la salvación gratuita original de los evangelios se convierte en salvación barata y, de esa forma, es finalmente una salvación más fácil de controlar para él. Es un enfoque que se aleja bastante del relato original de la Biblia pero que a Jack Chick le permite hacer crecer los resultados del objetivo de sus cómics: que es producir el mayor número de conversiones, en el menor tiempo posible. Gracias a Dios que la salvación de los hombres no la hizo depender del pobre Jack Chick, sino ¡de su amado hijo Jesús! Aquel para el que la salvación no era barata, ¡sino tan cara, tan cara, que solo podía ser ofrecida de forma gratuita por él, que fue quién la pagó en la cruz!

Pablo Fernández
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