Deborah Davis: El mito de la víctima inocente

Madrid, 19 de agosto de 2018. ¡Es tan fácil caer en el victimismo! Vivimos en una sociedad llena de damnificados, donde nadie es responsable de nada. Siempre es otro el que tiene la culpa de nuestros problemas. Es muy duro enfrentar tus propios errores, pero eso es lo que hace la hija de David Berg, Débora, al asumir su silencio culpable. Sus memorias de los primeros diez años de los Niños de Dios derrumban totalmente la idea de lo que ella llama “el mito de la víctima inocente”. Te muestra que nadie está en una secta simplemente por engaño. Todos quieren conseguir algo.

La lectura del libro de Deborah Davis (The Children of God), estos días entre operaciones, me ha impresionado profundamente por su honestidad, pero también la valentía con que se enfrenta el egoísmo que había detrás de su vergüenza en reconocer la verdad de lo que estaba haciendo. Aunque hay muchos testimonios de la segunda generación, ninguno es comparable al de la hija de David Berg, que estuvo presente en los momentos clave que conformaron la historia de los Niños de Dios.

Su lectura paralela a la primera obra histórica que se ha hecho en el ámbito académico sobre la Gente de Jesús –que cortésmente me ha remitido para su evaluación la editorial de la Universidad de Oxford, por iniciativa de su autor, Larry Eskridge (God′s Forever Family) –ahora publicada en edición de bolsillo–, me ha dado una idea más amplia y objetiva de lo que ocurrió hace medio siglo, cuando Berg forma lo que ahora se llama La Familia Internacional, junto a su actual dirigente, Karen Zerby.

NUEVO ÉXODO

Tras su larga asociación con el trabajo de rehabilitación de Desafío Juvenil con David Wilkerson, Berg es forzado a abandonar su misión en la playa californiana de Huntington. El local era propiedad de la Fraternidad de Hombres de Negocios del Evangelio Completo, que atiende finalmente a las quejas de iglesias evangélicas conservadoras cuyos cultos habían sido interrumpidos por los Adolescentes para Cristo –Teens For Christ, el nombre que todavía llevaban los Niños de Dios, jugando con la denominación de la asociación de Wilkerson, Teen Challenge–, así como la mala prensa que habían provocado los arrestos de sus seguidores en la universidad de Golden West College, donde iban a repartir folletos.

Este periodo que David Berg compara con el Éxodo en su papel de nuevo Moisés, que le hace pasar cuarenta días en Laurentide, a solas con Dios “en la montaña”, es capital para entender la formación de la “Nueva Nación” que es para él, los Niños de Dios. Una vez establecidos en el rancho del evangelista Fred Jordan en Texas, se organizará la comunidad en doce tribus como Israel –Benjamín para cuidar los niños, Gad para las publicaciones, Simeón para la comida, etc–. Esta división luego se perderá, pero forma la mitología con la que se funda la secta.

En Vienna (Virginia) Berg concluye por una “revelación directa de Dios” que Estados Unidos va a ser destruido por su iniquidad y que su mensaje ha de ser de juicio para la nación. Hace largos estudios bíblicos relacionando pasajes del Antiguo Testamento con el desastre que vendrá a su país y comienza las manifestaciones en los centros de poder político del estado. Para ello recurre a una impresionante coreografía que acompaña sus llamadas “vigilias”. Aparecen así delante del Capitolio y la Casa Blanca en Washington, vestidos de arpillera con hábito de penitencia y cenizas en la cabeza. Llevan unos enormes bastones que golpean al unísono contra el suelo. La ensayada representación incluye yugos colgados del cuello y rollos de papel donde leen las profecías bíblicas, mientras permanecen el resto del tiempo en silencio, incluso cuando les pregunta la policía.

Después de Washington, hacen “vigilias” enfrente del salón donde se declaró la independencia en Filadelfia, la plaza de Times Square en Nueva York, e incluso están en Chicago durante el juicio de los siete acusados de conspiración por las protestas durante la asamblea del partido demócrata en 1968. A las afueras de Nueva Orleans son rodeados por medio centenar de agentes y vigilantes voluntarios con perros, que les toman por maleantes al ver su aspecto hippy. Su yerno Josué es tomado como el dirigente y puesto en prisión por tres meses, mientras Moisés David se esconde en su caravana. Hasta llegar a Houston, tienen muchos problemas. Es allí donde vuelven a crecer y recibir apoyo, para finalmente establecerse en el rancho de Jordan.

¿TODAS LAS COSAS NUEVAS?

Hasta entonces la comunidad se regía por estrictas reglas puritanas en cuanto al sexo. Chicos y chicas estaban en habitaciones separadas. Las relaciones fuera del matrimonio se consideraban adulteras. Nadie fuera del ámbito familiar de Berg, conocía sus relaciones con Maria (Karen Zerby). La actual dirigente de la Familia Internacional era la tímida hija de un pastor evangélico metodista de Tucson en la tradición wesleyana de santidad. Se unió al grupo a los 23 años y enseguida se convirtió en la secretaría de Berg. Su hija Débora la recuerda como introvertida y acomplejada, pero atraída por su marido Jetro, como el propio Moisés David cuenta en una de sus cartas.

Débora cree que su madre descubrió la relación en la primavera de 1969 en Tucson, pero no dijo nada a nadie. Ese verano el grupo se divide en tres equipos. Débora y Jetro van a Fort Worth (Texas) con un grupo de discípulos. Su madre Eva está con otros a Florida. Y Moisés David se lleva unos setenta a Canadá. Es en Laurentides, cerca de Montreal, donde dice recibir una serie de profecías. Está ya con Karen, como él mismo cuenta mucho después en una carta de 1980, cuando hacía ya mucho tiempo que para la Familia, el adulterio había dejado de ser pecado, según su doctrina de que “todas las cosas son puras, para los puros” (Tito 1:15).

Aunque vivían aparte, era difícil mantener esa relación en secreto. Al volverse a reunir todos los equipos en Viena, cerca de Falls Church, David Berg utiliza una de las reuniones con familiares y dirigentes en la casa de un amigo, para anunciar la revelación sobre “la vieja y nueva Iglesia”. Es interesante la manera cómo lo hace. Su hijo Aaron empieza a profetizar que su padre no se avergüence de dar a conocer lo que el Señor le ha mostrado en Laurentide. El padre empieza a llorar diciendo que no puedo aceptarla. Es demasiado dura, para él. No sabe por qué Dios le ha puesto esa carga. Entre lágrimas y súplicas de todos, cuenta la profecía que dice haber recibido con Karen en la caravana, durante el verano en Canadá.

Hasta que no están en Texas, Berg no recibe el don de lenguas, que tanto ansiaba: sólo Karen lo tenía. El dice que por ese medio recibe esta profecía, que él puede traducir, por su don de interpretación. Dice básicamente que el Señor va a hacer “todas las cosas nuevas” (2 Corintios 5:17). Y lo va a mostrar por el símbolo también de su propio matrimonio, igual que en la Biblia apunta a él como misterio que refleja la relación de Dios con su Iglesia (Efesios 5:31-32). Así anuncia la separación de la vieja Iglesia que representa su matrimonio de veinticinco años con Eva, para unirse a la nueva que es por supuesto, Karen (María).

¿CÓMO ES POSIBLE?

Deborah se pregunta en su libro cómo es posible que ella y su madre aceptaran semejante humillación. Lo que nos lleva a la pregunta del principio, lo que ella llama “el mito de la víctima inocente”. Era evidente para ella, que semejante profecía no era más que una forma de justificar su divorcio, algo que todavía no era aceptado en el mundo evangélico conservador. Había que encontrar una legitimación divina para ello. Y eso era la profecía de Laurentide.

Irónicamente, Deborah se pregunta por qué Dios habla todavía con el lenguaje en inglés de la versión del Rey Jacobo (King James). Ya que son esas expresiones las que utiliza Moisés David en su relato de la profecía que ha recibido. El sabía que la primera reacción de sus hijos sería defender a su madre, pero en su profecía une la lealtad a él, a la posición que tienen como miembros de la Familia. La madre es enviada a una pequeña habitación para orar y él se va a la caravana con Karen, hasta que Eva anuncie su decisión la mañana siguiente. Sólo Débora habló con ella, esa noche.

La respuesta es que Eva aceptaba “alegremente” quedarse en segundo lugar. Y esa posición mantuvo el resto de su vida. Débora estaba indignada también porque su padre había dicho que “los familiares que no hacen las cosas que él pide, no le conocen, ni tienen relación más que de nombre con él, porque no le aman, obedecen, honran, ni yacen con él en su lecho de amor”. Esto último era una clara referencia a la resistencia de Débora a tener relaciones incestuosas con él, como tenía su hermana Faithy. Ella siguió rechazándole, pero se pregunta cómo pudo aceptar semejantes cosas…

VALIDACIÓN DUAL

Berg es probablemente el caso más estudiado de todos los dirigentes de sectas del siglo pasado. A su hija le impresionó mucho la investigación que hizo sobre su padre, un profesor de la universidad de Queen′s en Belfast (Irlanda del Norte). Roy Wallis se plantea como sociólogo, qué queremos decir cuando alguien es descrito como una persona con carisma. No se refiere por supuesto, a los dones carismáticos del Espíritu Santo, sino a la personalidad de alguien como Berg. Lo que Wallis observa es que es algo que se tiene o se pierde. Existe sólo mientras otros lo reconocen, pero se basa en un sistema de intercambio. Lo que llama “validación dual”. Igual que al evangelista Jordan le interesaba la colaboración con los Niños de Dios, así ocurre entre David Berg y sus seguidores…

Jordan les deja un rancho abandonado, para reconstruir su Clínica del Alma en Texas. Las cabañas donde vivían los misioneros cuando estuvo Berg a principios de los 50, estaban casi en ruinas. Los Niños de Dios reconstruyen las instalaciones con el apoyo de los materiales que les donan. Jordan les deja también un edificio de cinco pisos en el centro de Los Ángeles, que queda a cargo de Faithy y Josué. Los jóvenes que recogían allí, si pasaban las dos semanas de prueba, los mandaban en su autobús al rancho de Texas. La condición es que aparecieran en el programa de televisión de Jordan, como fruto de su ministerio. El pide medio millón de dólares para hacer un centro de rehabilitación en Coachella (California). Cuando lo consigue hace un rancho de lujo para él y otro pequeño para los Niños de Dios, pero el día que va la televisión, los lleva al bueno con comida y piscina, para que vean los espectadores lo bien que están allí. Y ellos le siguen el juego, ¿por qué? Porque les interesa…

¿Por qué Débora y su madre aceptan la humillación de Berg? Se da cuenta que ellas como nosotros, estemos o no en una secta, carecemos de “motivos puros”. Todos buscamos algo en la vida: “hayamos pasado un trauma; busquemos emoción; necesitemos aceptación, ambicionemos poder; deseemos una posición, escapar de una obligación, o evadir una responsabilidad”. La hija de Berg se da cuenta que la “validación dual” sobre la que habla Wallis, es a lo que se refiere Santiago 1:14, cuando dice que “cada uno es tentado, cuando es llevado y seducido por su propia pasión”.

Es por eso que me identificó con lágrimas con las palabras de Débora, cuando dice que “cuando escuchaba a mi padre profetizar y humillar a mi madre de una forma inimaginable en una persona normal, no tenía la menor sombra de duda de que estaba mal, muy mal, pero mi debilidad y mi temor me hacía que la necesidad de reconocimiento, emoción, posición y aceptación eran más fuertes que el miedo a hablar”… ¡quiera Dios que un día veamos las cosas tan claramente como ella!

José de Segovia
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